La sudestada
En diferentes lugares del mundo,
los vientos tienen nombre propio y están íntimamente vinculados a la identidad
de cada zona: el siroco, el mistral, el monzón, la tramontana, el zonda… ¿Y en
nuestros pagos? Seguramente y aunque la meteorología nos recuerde que son
varios los que soplan por aquí, todo tigrense se sentirá identificado con el
sudeste que trae “la marea”.
Efectivamente, cuando sopla el
sudeste, hay humedad, lluvias y se bloquea el normal desagüe del Río de la
Plata que “crece” y provoca inundaciones en la zona costera y en el Delta. Por
eso, durante mucho tiempo, casi todas las casas en Tigre se construían en
altura y en el Delta, las viviendas siguen siendo palafíticas.
Las crecientes son protagonistas de
nuestra historia. La del 5 y 6 de junio de 1805 generó el éxodo de algunos
habitantes que se instalaron en la villa de San Fernando, aunque los más
porfiados se quedaron en Las Conchas, fieles a su patria chica, desobedeciendo
las órdenes del virrey Sobremonte. La que dio origen a nuestro día de Tigre se
inició con una fuerte tempestad, el 4 de agosto de 1806. El viento y la
crecida complicaron los movimientos de
los invasores británicos y permitieron que Liniers, buen conocedor del río, los
usara a su favor y se acercara a Las Conchas para emprender desde allí la
Reconquista de Buenos Aires. Las sudestadas cambiaron a veces la fisonomía del
pago, como en agosto de 1820, cuando la fuerza del agua transformó el recorrido
y el caudal de sus vías navegables.
Hasta no hace tanto, era frecuente
ver en las paredes de las casas tigrenses las marcas de las grandes mareas que
se conservaban como hitos asociados a la historia familiar: “la del 40, cuando
nació Roberto”;“la del 58, cuando Marta empezó primer grado”
y otras más cercanas en el tiempo…
El sudeste es también tema
frecuente en nuestra literatura. Da nombre a la extraordinaria novela de
Haroldo Conti y aparece muchas veces vinculado a los recuerdos infantiles, en
los autores tradicionales y en los actuales, como en este fragmento de “Piedra,
papel o tijera” de Inés Garland.
“El día que conocí a Carmen y a
Marito, el jardín de la isla había amanecido inundado. Los árboles parecían
flotar muy derechos y las casas de los vecinos, al otro lado del río, eran como
animales acuáticos, inmóviles sobre sus largas patas… Caminé con pasos grandes,
moviendo los brazos para hacer equilibrio… Carmen estaba ahí, justo antes de la
zanja grande. La vi de lejos, sentada en una rama, con los pies en el agua,
como si hubiera estado ahí desde siempre. De sus pies brotaba otra chica
idéntica, de agua, y las dos sonreían…”

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