El que a hierro mata, a hierro muere

 Evangelio según San Mateo (capítulo 26, versículos 51-52)

  

Liniers  afirmó sin tapujos:                                                            

“Será necesario considerar como rebeldes a los causantes de tanta inquietud.     Como militar estoy pronto a cumplir con mi deber. Y me ofrezco desde ya a organizar las                     fuerzas necesarias. La conducta de los de Buenos Aires con la madre patria,  que se haya     atrapada por el usurpador Bonaparte, es igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo,     pero de un mal del que probablemente se salvaría, lo asesina en la cama para heredarlo.”

 

Una vez provocado el triunfo revolucionario se hizo necesario difundir la noticia por la extensa     geografía que abarcaba el Virreinato, gobernada por administraciones que, dado el cambio,     pertenecían ahora al antiguo régimen. Fue grande la sorpresa cuando llegaron los pormenor esde un foco reaccionario en Córdoba en complicidad con el destituido Virrey y con el Alto Perú,     en donde destacadas autoridades ofrecían su ayuda para oponerse a la Junta de Buenos Aires.

Se precipitaron los hechos y, en apenas algunos meses, fueron fusilados Liniers y otros “héroes”    de las invasiones inglesas, Montevideo se alzó abiertamente en contra de Buenos Aires y lo     mismo hizo Asunción; en algunas provincias o sectores del país comenzó a crecer la idea de     una autonomía local, al poco tiempo aparecieron nuevos protagonistas, los caudillos.

El héroe de la Reconquista, Conde de Buenos Aires, colmado de honores, de títulos, de     prestigio y de adhesiones, convencido de que su misión era y había sido desde siempre su     lealtad al Rey Fernando VII (1784-1833), resolvió encabezar la contrarrevolución.

Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, el enemigo más temible que podían imaginar los patriotas, estaba más activo que nunca, por el prestigio de sus anteriores victorias, porque tenía a su lado al Gobernador de Córdoba que había sido su segundo en la Reconquista de Buenos Aires en 1806, y su mentor en la Defensa de 1807 y porque, además de hallarse rodeado de otros personajes influyentes, era todavía idolatrado por el pueblo del Río de la Plata y del interior.


Insurrección

Pese a su alejamiento de Buenos Aires, Liniers siguió los hechos de mayo de 1810 atentamente.     La noticia de la caída de la Junta Central de Sevilla, que había designado al virrey Cisneros,     llegaba al Río de la Plata por medio de dos buques ingleses, uno arribado a Montevideo y otro,    a Buenos Aires, el 15 de mayo de 1810.

 En carta a Cisneros del 19 de dicho mes, Liniers escribía:

“Hay en esa capital un plan formado y organizado de insurrección, que no espera más que las    primeras noticias desgraciadas de la Península… Reinan las ideas de independencia”.

El propio Cisneros le mandaba decir a Liniers: “En sólo su fidelidad, estribaba la única esperanza de contener el impetuoso torrente de los         revoltosos, a cuyo fin le cedo sin restricciones sus absolutas facultades.”


Las noticias de lo acontecido el 25 de mayo llegaron a Córdoba cinco días después, Gutiérrez     de la Concha decide convocar a una reunión extraordinaria, en la cual se resuelve pasar a un     cuarto intermedio hasta la confirmación fehaciente y documentada de los hechos.

¿Debía la provincia de Córdoba acatar las órdenes de Buenos Aires?, ¿aceptar la destitución     de Cisneros y someterse a la Junta?El Deán Funes hizo notar los riesgos de la posición de sus colegas, ya que pensaba     seriamente  que esto llevaría a una guerra civil, finalmente sus opiniones no pesaron sobre el     debate. Estaba claro que el gobierno cordobés se disponía a resistir al nuevo gobierno, incluso     por las armas.

Martes 31 de julio de 1810.

Con un número aproximado de 400 hombres y acompañado de varios e ilustres funcionarios     criollos  y españoles, Liniers medita seriamente en huir desde Córdoba hacia el Alto Perú.     Escapa del Ejército Auxiliar, conformado por unos 1150 hombres que el 25 de junio habían     partido de la Plaza de la Victoria al mando del Coronel Francisco Ortiz de Ocampo, primer     General de las provincias Unidas (1762-1815), acompañado por el Teniente Coronel Antonio     González Balcarce (1774-1819), Hipólito Vieytes, Comisionado de la Junta, Chiclana, Auditor     de guerra y Juan Gil, Comisario de guerra.

 

La persecución

Liniers desconocía que varios de sus oficiales y lugartenientes tenían la misión de retrasar la     marcha. Las deserciones llegaron pronto y, de un momento a otro, solo quedaría acompañado     exclusivamente por la Compañía de Blandengues de Frontera.

Entre Totoral y el pueblo de Tulumba, a unos doscientos kilómetros de Córdoba capital, el resto     de los soldados lo abandonaron. Era perseguido de cerca por una partida de patriotas que     advertían a las postas no asistir con caballos, mulas o alimentos a los desacatados.

Los pocos que seguían acompañándolo fueron librando varias tácticas de escape y     desconcierto, quemando carruajes, municiones, clavando cañones sobre el camino, resultaba     sencillo seguirles el rastro con tanto equipamiento abandonado.

El 4 de agosto, Liniers estaba entre San Pedro y Río Seco, Allí se entera de que las fuerzas     enviadas desde Buenos Aires habían finalmente entrado a Córdoba y que una partida     aproximada de 75 hombres iba detrás de él para su pronta detención y próximo final. Había     que dividirse; así fue que despidió a los oficiales para dejar de involucrarlos en sus asuntos y     huyó hacia las sierras.

 

Acorralado

El 25 de julio de 1810 Ortiz de Ocampo daba su proclama:

 “Se ordena que todos los implicados fueran arcabuceados en el momento en que todos o     cada uno de ellos fueran pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, se ejecutará esta     resolución sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de     comprometer el cumplimiento de esta orden y el honor de V.S. y es al mismo tiempo prueba     fundamental de la utilidad y energía con la que lleva esa expedición los importantes objetos a     que se destina. Dios salve a Vuestra Señoría muchos años”.

 

Sentencia

El 28 de julio la Junta había dispuesto la pena de muerte para los complotados; todos firmaron,     a excepción de Manuel Alberti, por su condición de cura.En la noche del 6 de agosto, próximo a Villa del Chañar, Balcarce sorprende a varios hombres,     quienes  pagados por Liniers, ocultaban animales. Al indagarlos, obtiene la información del     lugar aproximado en donde se “escondía” el sublevado. Los interrogados terminaron por     delatar a Liniers… se encontraba a solo tres cuarto leguas de allí.Fue José María Urien, un joven ayudante de campo de tan solo 19 años, quien sorprendió en     medio de la noche a Liniers y los suyos.



Fue detenido, desarmado y amarrado, al día siguiente se encontró con los demás, a saber:     Juan Gutiérrez de la Concha, (1760-1810) Gobernador de Córdoba del Tucumán, Victorino     Rodríguez, Teniente asesor, Santiago Allende, Coronel de Milicias de la Caballería del Rey y     Joaquín Moreno, Oficial Real.

 

“Iré yo mismo si fuese necesario

 Ortiz de Ocampo se negó a ejecutar a los prisioneros, como le había ordenado la Junta por     iniciativa del secretario Mariano Moreno. No solo los cordobeses le pidieron clemencia, sino     que los mismos Liniers y Gutiérrez de la Concha eran sus amigos y compañeros de luchas     desde 1806. Desobedeciendo las órdenes de la Junta, resolvió enviar los prisioneros a     Buenos Aires para evitar ejecutar la orden de fusilamiento.

Alarmada por el posible efecto del todavía muy popular Liniers en la capital, la Junta envió     rápidamente a Castelli para hacerse cargo de las ejecuciones y a Balcarce, quien reemplazaría     a Ocampo como jefe del Ejército.

 Fue cuando Moreno (1778-1811) estalló y le escribió a Feliciano Chiclana, quien era Auditor del     Ejército Auxiliar del Perú:

“Pillaron nuestros hombres a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose en las     estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad, no puede usted     figurarse el compromiso en que nos ha puesto, y si la fortuna no nos ayuda, veo vacilante     nuestra fortuna por este solo hecho.”

 Luego se dirigió a Juan José Castelli (1764-1812):

 “Vaya Vuestra Merced, y espero en que no incurrirá en la misma debilidad que nuestro General;     si todavía no cumpliese la determinación tomada, irá el vocal Larrea, a quien pienso no faltará     resolución, y por ultimo iré yo mismo si fuese necesario.”

Entre el 11 y 12 de agosto, la partida de prisioneros se encontraba a la altura de Totoral. Se     cuenta que inclusive un grupo de baqueanos del lugar pensaban prestar ayuda para su     liberación y, una vez rescatado, llevarlo hacia las tierras de los indios Pampas.

Liniers se supone que descartó la ayuda, ya que daba por hecho que el fervor popular que     despertaría una vez llegado a Buenos Aires sería suficiente para su liberación y posterior     destierro. Pero nunca llegaría.

El ayudante de campo Urien fue reemplazado por el Capitán Manuel Garayo, quien     inmediatamente se puso al frente de la comitiva. El sábado 25 descansaron en la posta llamada     Esquina de Lobatón, al límite con Santa Fe. Garayo rápidamente se despidió de sus     subordinados y prisioneros, ya que Castelli y Domingo French, llegados desde Buenos Aires,     lo reemplazaron al frente de una partida de 50 húsares y un escribano.


En proximidades del mediodía, a tan solo dos leguas de Cabeza de Tigre, Balcarce, Coronel de    Húsares, ordenó que trasladaran a los prisioneros al monte llamado Chañarcillo. Una vez     agrupados, fue Castelli quien les informó que se les confiscarían sus bienes y que, a partir de     ese momento, les daría cuatro horas para prepararse ante la inminente muerte.

 

Condena

Parte del contenido del oficio condenatorio decía lo siguiente:

“Los sagrados derechos del Rey y de la Patria han armado el brazo de la justicia, y esta Junta     ha fulminado sentencia contra los conspiradores de Córdoba, acusados por la notoriedad de     sus delitos y condenados por el voto general de todos los buenos…”

 La Gaceta informaba sobre los hechos producidos:

 “Buenos Aires 14 de agosto. Las salvas de la artillería, los repiques de todos nuestros templos,     las músicas, iluminación y demás demostraciones de alegría, han publicado solemnemente el     principio de nuestro júbilo.

Sin embargo es necesario manifestarlo a los demás pueblos, y anunciarles la completa     disolución de los primeros malvados, que se atrevieron a atacar la justicia de nuestra causa, y     la pureza de nuestras intenciones. D. Santiago de Liniers, el Coronel Allende, el Gobernador     Concha, el Asesor Rodríguez, el Oficial Real Moreno y otros de los principales conspiradores     de Córdoba, están presos y bajo las armas del ejército patriótico que los perseguía. Faltaba el     Obispo solamente, pero una partida destinada para su prisión debe ya haberla ejecutado sin     duda alguna.

He aquí el fatal término a que conduce el egoísmo de esos hombres, que creyeron alucinar a     un pueblo ilustrado, y empeñarlo en guerra y enemistad con los hermanos de la Capital. He     aquí igualmente un justo castigo de la ingratitud con que Santiago Liniers juró la ruina y     exterminio de un pueblo generoso que con la sangre de sus hijos le produjo la corona de sus     glorias, sacándole de la oscuridad y olvido de que por propios esfuerzos jamás habría salido.

Éste es un argumento decisivo de que no fueron obra de Liniers los triunfos de Buenos Aires,     pues apenas le faltó el apoyo de este pueblo todo han sido errores, crímenes, cobardía e     infamia.

Los hijos de Buenos Aires labraron la fortuna de D. Santiago Liniers, amaron su persona, le     hicieron servicios de primer orden y llegaron a comprometerse del modo más peligroso por     sostenerlo en un mando, de que lo habían precipitado sus propias locuras. Pero todo lo olvidó     ese hombre ingrato (…)”, y finalizaba: “(…) los principales vecinos han alojado en sus casas a     nuestros oficiales, los soldados son mirados como hermanos, y el pueblo no presenta por     todas partes sino el júbilo de unos hombres, que respiran libres de la opresión y violencia a que     están reducidos. El parte de nuestro General es muy conciso: pero ofrece aprovechar los     primeros momentos para remitirnos un detalle circunstanciado de tan gloriosa empresa.”

Ortiz de Ocampo decide suspender la sentencia, a lo que Moreno le respondió el 18 de agosto:

La obediencia es la primera virtud de un General y la mejor lección que ha de dar a su ejército,     de la que debe exigirle en el acto de combate.”

Un día antes le había escrito a Chiclana:

“No puede UD, figurarse el compromiso en que nos ha puesto (Ortiz de Ocampo), y si la fortuna no nos ayuda veo vacilante nuestra causa por este solo hecho. ¿Con que confianza encargaremos obras grandes a hombres que se asustan de su ejecución? ¿Qué seguridad tendrá la Junta en esos hombres que llaman a examen sus órdenes y suspenden las que no les acomoda? Preferiría una derrota a la desobediencia de esos jefes…


 El Deán Gregorio Funes (1749-1829) también volcaría sus opiniones al respecto:

“Mi sorpresa fue igual a mi aflicción, cuando me figuraba palpitando tan respetables víctimas. Por el crédito de una causa, que siendo tan justa, iba a tomar desde ese punto el carácter atroz, y aun de sacrilegio (…) en fin, por lo que me inspiraban las leyes de la humanidad, yo me creí en obligación de hacer valer estas razones ante D. Francisco Ocampo y D. Hipólito Vieytes, jefes de la expedición, suplicándoles suspendiesen la ejecución de una sentencia tan odiosa”

 

El momento ha llegado.

A las dos y media de la tarde, Castelli mandó a cumplir la estricta orden.



Paul Groussac (1848-1929) describió el momento:

 “Al levantarse la espada de Balcarce todos los fusiles se bajaron, apuntando al pecho; hubo dos terribles segundos de espera para asegurar el tiro, al grito de ¡Fuego! Un solo trueno sacudió el bosque (…) algunas aves huyeron de los árboles, y fue el único estremecimiento de la naturaleza impasible por las muertes de los que habían mandado provincias y conducido ejércitos…”

French fue quien dio los tiros de gracia a Liniers y Gutiérrez.





El pelotón a cargo de la ejecución, según Federico Ibarguren, estuvo compuesto por 50 fusileros ingleses, que habían quedado en el país desde las invasiones y que estaban ahora al servicio de las fuerzas patriotas. La noticia, en realidad, tuvo su origen en un escrito anónimo, de origen español, fechado en Montevideo, el 15 de enero de 1812, que publicó Paul Groussac y que reprodujo el Padre Cayetano Bruno en su obra “Historia de la Iglesia en la Argentina”, en donde anotó:

 “(…) llegados al bosque, dieron con los húsares formados, “todos extranjeros –afirmaba el anónimo- que se habían desertado de los ingleses en las acciones de Buenos Aires pues no se atrevieron a llevar españoles”. Estos fusileros, ahora incorporados a las fuerzas revolucionarias, se habían quedado en nuestro país como resultado de las invasiones inglesas y seguían siendo fieles a los conocimientos que habían adquirido y para lo que habían sido formados: el servicio de las armas.

Los cuerpos de Liniers, Gutiérrez, Allende, Moreno y Rodríguez fueron llevados en carretilla hasta Cruz Alta y enterrados junto a la Iglesia. Al día siguiente, un fraile de La Merced, teniente cura de la parroquia, exhumó los cadáveres y les dio cristiana sepultura.

 

 ¡Viva el Rey!

 

Paul Groussac opinó que:

“No basta ya que cada nación haya recogido a sus grandes muertos para glorificarlos a solas en sus Panteones. A ésta, le toca el augusto deber de adoptar a la par de los suyos a los contrarios, como que las primeras víctimas de la patria nueva eran los últimos héroes de la patria vieja; y en la mezcla de verdades y errores por los cuales unos murieron y otros mataron, no descubre la historia un solo elemento egoísta e impuro, sino el móvil idéntico del patriotismo, cuyos choques sangrientos han sido y serán aún por muchos siglos la condición generadora y el rescate de la civilización”.

Liniers de Estrada tuvo su opinión al respecto:

“El último Virrey del imperio hizo recaer toda la responsabilidad en el secretario de la Junta: “(…) Mariano Moreno con su temperamento jacobino daba el tono a las medidas extremas de la revolución. Él no le tenía simpatía a Liniers y mucho menos desde el sofocado movimiento del 1º de enero de 1809, en que fracasaron las tentativas para establecer una junta de la cual Moreno hubo de ser secretario.

 Entonces como ahora, se encontraban frente a frente estos dos hombres (…)”, y sintetizó así en toda su dimensión, al héroe de la Reconquista: “Había sido leal con su religión, aprendida desde niño y siempre practicada. Había sido leal con su rey, a quien ya más grande juró obediencia y por quien derramara su sangre en los campos de batalla. Y había sido leal consigo mismo, al no apartarse jamás del camino que se trazara como norma suprema de conducta en la vida”.

 “Nuestra muerte o la de ellos era inevitable”

Fue Manuel Moreno quien lanzó esta lapidaria frase.

El Deán Funes también se manifestó:

“Tanta moderación no la estimó el gobierno compatible con la seguridad del Estado. El puerto bloqueado por los marinos en Montevideo, los manejos ocultos, pero vivos de los españoles europeos; en fin, el sordo susurro a favor de Liniers entre sus tropas como las nuestras que habían sido consortes de sus triunfos, no dejaba ya otra opción que o la muerte de estos conspiradores o la ruina de la libertad.”



Nicolás Rodríguez Peña, testigo y actor de ese tiempo, refiriéndose a Castelli, que quedó como el personaje cruel y sanguinario de las circunstancias vividas, justificó aquella decisión extrema con estas palabras:

 “Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque así estábamos comprometidos a obrar todos. Cualquiera otro, debiéndole a la patria lo que nos habíamos comprometido a darle, habría obrado como él. Lo habíamos jurado todos y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás. Repróchennos ustedes que no han pasado por las mismas necesidades ni han tenido que obrar en el mismo terreno que fuimos crueles ¡Vaya el cargo!

Mientras tanto ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. La salvamos como creíamos que debíamos salvarla. ¿Había otros medios? Así sería; nosotros no lo vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos, nosotros seremos verdugos, sean ustedes los hombres libres”.

En 1861 Derqui quien se desempeñaba como Presidente de la Confederación Argentina dispuso la exhumación de los restos y el traslado a la ciudad de Rosario, en donde recibieron honras fúnebres. Posteriormente autoridades españolas gestionaron la repatriación de Liniers y Gutiérrez al Panteón de Marinos Ilustres de San Carlos, Cádiz.



Cuenta la historia que una sigla fue tallada sobre el árbol debajo del cual arcabucearon a Liniers y a sus acompañantes contrarrevolucionarios. Una mano anónima grabó a punta de cuchillo la palabra C.L.A.M.O.R. formada por las iniciales de los apellidos Gutiérrez de la Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana y Rodríguez.



Conclusiones finales

La revolución fue trascendental, con ella nació la Patria, con protagonistas que tuvieron aciertos y errores. El alzamiento de Liniers puso en riesgo a los revolucionarios y fue entonces que los patriotas aplicaron primero, la pena capital, antes que ofrecer el perdón, al margen del reconocimiento a la persona de Don Santiago de Liniers.

A juzgar por los resultados, la Junta entendió que no existía otra alternativa. El drama de Córdoba fue un  mal precedente para los revolucionarios, que decidieron dar muerte ejemplificadora a un personaje cuyas cualidades dominantes habían sido su nobleza, lealtad al Rey y amor por el Río de la Plata, e indudablemente el heroísmo en los días de las invasiones inglesas. El que triunfa debe dar, en estos casos, la mejor lección moral al vencido y a sus seguidores.

Para concluir, la contundente opinión de Juan Manuel Beruti, hermano de Antonio, contemporáneo y testigo de la revolución.

“La Junta determinó quitarle la vida en este lugar porque traerlo a esta capital hubiera todo el pueblo y tropas pedido por Liniers y habría sido ocasión de una sublevación general y por obviarla se ejecutó en este paraje”, y recordó a Liniers de esta manera:

“Sus prendas morales eran ejemplares pues era buen cristiano, muy caritativo, desinteresado, porque cuanto tenía lo daba en términos que cuando murió no dejó cosa alguna, y apenas con sus rentas tenía como sostenerse. Nunca en su mando hizo daño a persona alguna, pues todo el mismo a componer y cubrir con sus respetos y dinero, en términos que decía continuamente que era mucho lo que amaba a los hijos de Buenos Aires.”

“Todo es en vano, estamos en la mano de la fuerza; conformidad, mucho más merecen nuestras culpas”. “Más glorioso nos es morir que suscribir a las miras de la Junta. Morimos por defender los derechos de nuestro Rey y de nuestra Patria y nuestro honor va ileso al sepulcro”. Santiago de Liniers.


“Fusilamiento de Liniers” -  Dibujo  de Federico Castillo.



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