El aljibe del Museo
En el predio del Museo de la Reconquista conviven edificios
de distintas épocas, sin embargo lo más antiguo de la propiedad es el aljibe
que se encuentra casi a la entrada.
La palabra aljibe viene del árabe y quiere decir
sencillamente “pozo” o más precisamente “cisterna”: un reservorio de agua
subterráneo y redondo, hecho de ladrillos y argamasa. Se denomina “brocal” al
cuerpo del aljibe y “boca” a su abertura. Un arco metálico o de madera, más o
menos ornamentado, y una roldana que permitía subir y bajar un balde completan
la estructura.
En ellos se almacenaba el agua de lluvia que bajaba por
canaletas de los techos y solo se veían en las casas de las personas más
adineradas.
Era costumbre que en el fondo del pozo viviera una tortuga que
se ocupaba de los insectos. Ya los árabes recurrían a este animalito para
constatar la calidad del agua, ellos la observaban antes de beber y si veían
que la tortuga aparecía muerta sabían que el agua había sido envenenada. A
veces, la tortuga era reemplazada por anguilas o sapos.
Jorge Luis
Borges recuerda que en la casa en la que creció había un aljibe con su
tortuga, decía que lo habían criado
bebiendo “agua de tortuga” y por eso era un hombre longevo.
El aljibe. En el fondo la tortuga.
Sobre el patio la vaga astronomía
del niño. La heredada platería
que se espeja en el ébano. La fuga
del tiempo, que al principio nunca pasa.
Un sable que ha servido en el desierto.
Un grave rostro militar y muerto.
El húmedo zaguán. La vieja casa.
En el patio que fue de los esclavos
la sombra de la parra se aboveda.
Silba un trasnochador por la vereda.
En la alcancía duermen los centavos.
Nada. Sólo esa pobre medianía
que buscan el olvido y la elegía.
Las
epidemias de cólera y fiebre amarilla a fines del siglo XIX hicieron que su uso
fuera desaconsejado y finalmente prohibido.

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