¿Dónde esparcieron las cenizas de Roberto Arlt?
En 1941, en una
carta escrita desde Chile a su segunda mujer, Elizabeth Shine, Roberto Arlt
eligió el lugar donde quería que sus cenizas fueran esparcidas: “En la
confluencia del río Sarmiento y el Abra Vieja”.
El escritor murió
de un paro cardíaco el 26 de julio de 1942. A fines de agosto, en un día
lluvioso y frío, su mujer Elizabeth y su hija Mirta lideran el cortejo fúnebre
que, a bordo de una lancha colectiva, cumplió con su última voluntad.
Arlt conocía bien
las islas de Tigre. En diciembre de 1941, siete meses antes de morir, les había
dedicado ocho de las características notas periodísticas que publicaba en el
diario El Mundo. Para escribirlas,
había viajado hacia esas islas “incomunicadas entre sí”, como ironiza, por
cientos de canales y arroyos; buscaba conversación con sus habitantes. Fiel a
su estilo descarnado, Arlt no edulcora la vida en el Delta. La naturaleza no
aparece como el decorado de una utopía ni los isleños como seres en comunión idílica
con su medio. Para el isleño, el Delta es un “pequeño infierno verde” hecho de
barro, agua y una “vegetación maligna”.
Los habitantes, repartidos
entre cinco mil familias, deben hacer frente a esta naturaleza terrible y primordial,
que destruye sus cultivos y viviendas con “el séquito de sus demonios”:
inundaciones, plagas, roedores, incendios y granizo. Otros peligros no son menos
urgentes: los laberintos burocráticos para poder acceder a la tierra o navegar
por el río; la indolencia de los poderes públicos que no financian dragas ni
estacadas; el rumor de una colonia holandesa que viene a desalojarlos; la
avidez de especuladores que saben que los isleños no cuentan con medios para
conservar su fruta, que deben venderla a precio vil antes de que se pudra. El
cronista muestra respeto por los habitantes de este lugar a cuarenta kilómetros
de la Capital Federal y olvidado de la civilización.; todo aquel que haya
sobrevivido en esta “prisión verde” es, paradójicamente, una persona libre.
¿Qué decidió a
Arlt a pedir como última y efímera morada un río de Tigre? Quizá recordaba el giro
poco común que tomó el diálogo con un isleño mientras caminaban por sus
frutales y discutían sobre la necesidad de un frigorífico cooperativo: que
existe en esas islas una profunda “soledad espiritual” que subyuga a todos los
que pasan por ellas alguna vez.
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