Tres poetas, tres muertes

El 19 de febrero de 1937, hace 83 años, enfermo de cáncer, se suicidó en el hospital de Clínicas donde estaba internado, el escritor Horacio Quiroga. Había navegado por nuestro Delta en una canoa hecha por sus propias manos. Así lo cuenta su amigo, Ezequiel Martínez Estrada, en El hermano Quiroga: “Por fin, una tarde Quiroga me persuadió, o quebró en mí el instinto de conservación, y probamos la excelencia de su último navío. Aquella tarde era una lámina luminosa de infinita calma y soledad...  No sé si las aguas o el timonel imprimían a la embarcación un cabeceo hípico, convulsiones de potro marino. Medio bote sobresalía de la superficie, de modo que no se podía decir si navegaba o volaba. Iba yo asido al borde de la canoa, alerta de un viraje sin preparación que me arrojara por la borda, al mismo tiempo que admiraba la dignidad con que Quiroga empuñaba el timón, con toda la arrogancia de un almirante holandés, acurrucado en la popa. Era un jinete y no un piloto, que alardeaba de no tener ni idea de lo que estaba haciendo… A pesar de todo, regresamos embarcados al muelle. (Puedo dar fe de que los botes construidos por Quiroga eran insumergibles y, además, que él los gobernaba como a tritones que esperaban su voz de mando para echarse a volar).”
 
Un año después, el 19 de febrero de 1938, hace 82 años, encontraban el cadáver de Leopoldo Lugones, en la habitación número nueve del Recreo El Tropezón, en el Paraná de las Palmas y el Canal de La Serna, en el Delta sanfernandino. Había llegado a la estación de Tigre y tomado una de las lanchas colectivas de los hermanos Egea. Llevaba, como único equipaje, una bolsita de papel que ocultaba un frasco de cianuro.
Ese día, el caluroso viernes 18 de febrero de 1938, se bajó en el muelle y no se identificó. Luis Giúdice, el dueño del hotel, recordaría que dio un paseo por el parque, no quiso comprar unas lombrices para pescar que un niño le ofreció y, antes de recostarse, pidió una botella de whisky, una jarra con agua y avisó que lo despertaran a las diez para cenar.
Tenía 64 años y era uno de los escritores más prestigiosos de su época. Su vida política se había iniciado en el socialismo para mutar al nacionalismo y apoyar el golpe militar de Uriburu que en 1930 derrocó la presidencia de Yrigoyen. Su vida espiritual no había sido menos cambiante.
Sin embargo, su estado depresivo no tenía que ver con la política ni con la literatura y mucho se especuló sobre las razones de su muerte hasta que, en 1984, María Inés Cárdenas de Monner Sans publicó los poemas y las cartas que le había dedicado a su amante, Emilia Cadelago, y que hasta entonces habían permanecido ocultas.
Emilia, una alumna del Instituto del Profesorado, visitó la Biblioteca del Maestro de la que Lugones era director para conseguir el agotado "Lunario sentimental" que debía comentar en clase. En la Biblioteca no había ningún ejemplar de la obra, sin embargo, la joven venció su timidez y se animó a solicitarlo al propio Lugones. Él la recibió, unos días después, en la sala infantil de la Biblioteca. El poeta tenía 52 años y llevaba 30 de casado. Emilia Cadelago, la muchacha, rondaba los 20. El amor fue instantáneo y duró seis años de poemas y encuentros clandestinos que se cuentan en un epistolario fetichista y erótico.
El hijo de Leopoldo, Polo, sería el verdugo de ese amor. Único hijo del escritor, jefe de policía de la Ciudad y quien introdujo la picana eléctrica en nuestro país, intervino los teléfonos y la correspondencia de su padre y pretendiendo cuidar el honor familiar, comunicó a la familia de Emilia que haría internar a su padre en un manicomio si el romance no terminaba. Emilia fue llevada a Montevideo y los amantes no volvieron a verse.
Aquella noche del 18 de febrero, Lugones no se presentó a la hora de la cena. A la mañana siguiente, encontrarían su cadáver. El recreo mantuvo desde entonces ese cuarto, el número 9, cerrado, tal como estaba, con la misma jarra y el mismo vaso sobre la mesa de luz.

Días después, Alfonsina Storni se enteraría de su muerte.  Algunos biógrafos especulan que Lugones y Alfonsina habían hecho un pacto para suicidarse ambos en el Delta. Por alguna razón, Lugones se le adelantó y ella, que visitó varias veces Tigre en los últimos años de su vida, tomaría la misma decisión, aunque por motivos diferentes, unos meses después, en Mar del Plata.
Tres poetas, tres muertes. Alfonsina había escrito para Quiroga:
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como siempre en tus cuentos, no está mal…






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